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El salvador de la guerrilla

Fecha: 

02/2022

Fuente: 

Boletín Revolución

Autor: 

En ocasión del cumpleaños noventa y cuatro del Comandante de la Revolución Guillermo García Frías, el próximo 10 de febrero, compartimos con los lectores un fragmento de una extensa entrevista que el campesino de la Sierra Maestra, devenido jefe guerrillero y símbolo de la rebeldía y la resistencia, concediera recientemente al periodista Wilmer Rodríguez Fernández.  
 
Comandante gracias a su labor después del desembarco del Granma sobreviven decenas de expedicio- narios, entre ellos Fidel, Raúl, el Che, Camilo, Almeida y Ramiro; y en medio de todo aquello se convierte en el primer campesino en incorporarse a la lucha. ¿Cómo llega el joven Guillermo García Frías a convertirse en el salvador de la guerrilla?  
 
En 1956 yo tenía veintiocho años, y toda mi vida la había pasado con mis padres y mis hermanos en El Plátano, donde nací el 10 de febrero de 1928. Desde los once años trabajé intenso en el campo y vendí mucha vianda en los centrales azucareros de la zona del sur oriental: Media Luna, Pilón y Niquero. Una de las familias que en Pilón me compraba la mercancía era la de Celia Sánchez 1 . Su padre el doctor Manuel Sánchez Silveira, era el médico del central. En esa casa había cuatro lindas muchachas, pero Celia era quien me recibía, pagaba las viandas, daba café y preguntaba siempre sobre la situación de los campesinos en la montaña.  
 
En uno de los encuentros ella me preguntó si conocía la historia de Fidel, le dije que sí, que lo re- cordaba de cuando el asalto al Moncada. Celia me explicó que él estaba en México y en cualquier momento venía y había que estar listo para ayudarlo.  
 
¿Esa ayuda en qué consistía?  
 
Celia, cumpliendo orientaciones del Movimiento 26 de Julio, organizó a un grupo de campesinos de las cercanías de la zona costera donde debía producirse el desembarco para que apoyaran a los expedicionarios, y entre ellos estaba yo. Cinco días antes del momento en que se iba a producir la llegada, el campesino Crescencio Pérez 2 , otro de los que estaba apoyando, me trae un mensaje de Celia: «Se va a producir el desembarco que Fidel ha ofrecido. Cuida la playa Ojo del Toro».  
 
Desde el día 28 de noviembre de 1956 me fui de supuesta pesquería para esa playa con Godofredo Verdecia, vecino mío, y con Eutiquio Naranjo. Ahí estuvimos un día con una noche entera, y nadie llegó. ¿Exactamente cuándo es que conocen del desem- barco?  
 
Al día siguiente en la madrugada sospechamos del desembarco porque había mucho movimiento militar en Niquero. Nosotros empezamos a organi- zarnos en grupos, unos para una parte, otros para otra. Yo salí a hacer contactos con ellos y es cuando entro a desempeñar mi papel como tal, más allá de lo que me había solicitado Celia. El cinco de diciem- bre estábamos a punto de hacer contacto con ellos cuando supimos que el ejército los estaba comba- tiendo en Alegría de Pío y nos trasladamos hacia allá.
 
Ahí se dispersan todos.  
Fidel sale con Universo Sánchez y Faustino Pérez; Raúl en otra dirección con seis y Almeida coge otro rumbo junto a cinco más. Tras ese ataque la desmoralización fue en la casi totalidad de la tropa. Inmediatamente van saliendo expedicionarios por
cualquier lugar vestidos de civil, sin armas, pidiendo ayuda para llegar a las ciudades.
 
¿Y es cuando usted se encuentra con los primeros? En ese primer período encontré 23. Les pregun- taba qué querían hacer y me respondían: «Salir de aquí, tengo contactos en mi pueblo y desde allá puedo ayudar a los que se queden».  
 
¿A cuántos ayudó?
 
En total apoyé a más de cuarenta expedicionarios, con la colaboración de un grupo de seis jóvenes. Los que no querían continuar la lucha los entregaba a Crescencio Pérez, quien los llevaba hasta Purial, donde vivía un hermano de él y de ahí salían rumbo a Manzanillo.  
 
Unos expedicionarios se salvaron, pero otros no. Fueron 22 los asesinados por el ejército. Otros trataron de salvar sus vidas entregándose, unos lo lograron, pero el ejército asesinó a la mayoría. ¿Y cuándo encuentra a los que deciden seguir la lu- cha?  
 
En medio de todo aquello, el 10 de diciembre de 1956, me encuentro en el camino real a los tres Calixtos: Calixto García, Calixto Morales y Carlos Bermúdez, expedicionarios a quienes salvé de caer en una emboscada. Le pregunté a Calixto García qué deseaba hacer y me dice: «Encontrarme con Fidel. Él no ha muerto y hay que esperarlo a ver qué dice». Es el primero que me da una seguridad de que lo que yo estaba haciendo era útil, porque todos los anteriores querían irse.  
 
Después, el día 12 encontré a otro grupo. Eran Almeida, el Che, Chao y Pancho, y al otro día por la madrugada llegaron Camilo, Aguilerita y Benítez. A todos los trasladé a casa de un hijo de Crescencio Pérez, hacia dentro de la montaña.  
 
¿Y a Fidel cuándo lo encuentra?  
Después que dejo resguardada a la tropa de Almeida salgo para mi casa. Cuando llego, mamá me da la noticia de que había estado allí Eutiquio Naranjo para decirme que habían encontrado a otros tres. Eran Fidel, Universo Sánchez y Faustino Pérez. Eso fue el 13 de diciembre de 1956 sobre la una de la madrugada en la finca de Marcial Areviches y recuerdo que tenían dos fusiles, uno con una canana  
en manos de Fidel y otro en las de Universo, pero sin balas.
 
¿Qué impresión se llevó de Fidel? Desde que lo vi, supe que era una personalidad, un hombre con unos principios extraordinarios. En medio de aquella situación en que se jugaba la vida tenía una actitud de triunfo, parecía que había ganado la guerra. ¿Y hablaron de Raúl? Me preguntó si tenía noticias de su hermano. Su preocupación era si Raúl había muerto o no.  
 
Yo le dije que estaba vivo, pero no había dado con él, porque era muy escurridizo. Luego de esa conversación con Fidel, ¿qué más hizo para ayudarlos? De allí lo trasladé a otro lugar más seguro y man- dé a hacerles comida. Ellos estaban cansados y hambrientos. Esa misma noche, los llevo a un cam- po de caña.  
 
En esa zona pude aguantarlo hasta el 14 de diciembre. En la noche salimos rumbo a la montaña. Cruzamos el cerco, y luego de toda una noche de caminata a campo traviesa llegamos al amanecer a Cinco Palmas. Después de dormir unas cuatro o cinco horas en el piso comenzó a darme órdenes. Me dijo que le pidiera un caballo a Mongo Pérez y saliera a buscar armas y gente. Esa fue la primera misión que Fidel me dio (...) Llegué a recoger 15 fusiles y una ametralladora Thompson.  
 
Eran 16 armas. Cogí un mulo, y le mandé las armas a Fidel. Yo me quedo en El Plátano para recoger otros fusiles y unos días después salgo al reencuentro con la tropa. Entonces mamá me lle - va a su cuarto, me vistió con el traje, la gorra y las botas de uno de los expedicionarios que se había ido y me dio un fusil. Me sacó al camino real y me dijo: «No cojas carreteras ni camino, campotraviesa aunque te demores diez días. No quiero oír que has caído prisionero porque un hombre prisionero no vale nada. Prefiero que me digan que has muerto en combate antes que preso».
 
 Así me incorporé a la tropa de Fidel, el hombre que me salvó de aquella miseria en que vivíamos los campesinos y a quien acompañé durante sesenta años de lucha.  
 
1 Celia Sánchez Manduley: Destacada combatiente de la Re- volución Cubana. Su participación fue decisiva para la su- pervivencia de la guerrilla de Fidel tras el desembarco de los expedicionarios del yate Granma. Es considerada la primera mujer en incorporase a la lucha en la Sierra Maestra. Tras el triunfo se desempeñó como secretaria de la Presidencia del Consejo de Ministros primero, y luego del Consejo de Estado, cargo que desempeñó hasta su muerte en 1980 a los sesenta años. Heroína de la Revolución Cubana.  
 
2 Crescencio Pérez Montano: Guerrillero y revolucionario cu- bano. Uno de los jefes del grupo de apoyo organizado por Celia Sánchez Manduley con el fin de apoyar el desembarco del Granma. Él y su familia, tuvieron una destacada partici- pación en proteger la vida de los expedicionarios dispersos, primero y en la guerra contra la dictadura, después. Con más de sesenta años de edad, es uno los primeros campesi- nos en incorporarse al naciente Ejército Rebelde, en el cual llegó a ostentar el grado de comandante. Falleció en Jigua- ní, Granma, el 15 de octubre de 1986.