Artículos

La chispa de rebeldía que prendió en Bayamo

Foto: Ilustración: René Mederos
Foto: Ilustración: René Mederos

Fecha: 

25/07/2021

Fuente: 

Periódico Granma

Autor: 

Tan sagrada como la vida misma suele ser la fibra hermosa que mueve los resortes de una verdadera nación: el derecho legítimo de su pueblo a no tener amos.
 
En la Cuba de 1953, esa certeza latía agazapada en el pecho de sus hijos dignos, asqueados de los ultrajes y el terror perpetrados por la dictadura de Fulgencio Batista.   
 
Pero no bastaba con el repudio ni el descontento popular de los que sufrían en carne propia los desalojos, la miseria, la precariedad de la calle al no tener un techo para dormir, o la imposibilidad de asistir a un colegio por ser pobre o negro. No, no era suficiente. Ante tanta ignominia solo había un camino posible: el de la lucha armada.
 
Esa gesta la emprendería entonces como tributo heroico al Apóstol, en el año del centenario de su natalicio, una generación gloriosa de jóvenes cubanos que, bajo el liderazgo de Fidel, prendió la chispa de la rebeldía nacional el 26 de julio de 1953, con los asaltos a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo.
 
En esta última urbe, donde ya se había enaltecido a la Patria durante las guerras mambisas, la acción, aunque secundaria, tuvo matices memorables que trascendieron a los asaltantes e hicieron más generosa y valerosa aquella jornada épica de la Santa Ana.
 
A algunas de esas pinceladas, que no deben soslayarse para aquilatar mejor nuestra historia, se acerca ahora este diario.    
 
¿POR QUÉ BAYAMO?
 
Aunque la acción principal estaba prevista en la urbe santiaguera al radicar allí el segundo enclave militar más importante del país, la elección del cuartel bayamés, sede del Escuadrón 13 de la Guardia Rural, era también indispensable por la estratégica posición geográfica que ocupaba la ciudad para alcanzar los objetivos del ataque armado.
 
«Nuestro propósito al tomar Bayamo era impedir el acceso por el puente sobre el Cauto y dominar también el ferrocarril que pasa por aquella dirección desde Camagüey…», comentaría años después Fidel.
 
A su favor tenía entonces el caudaloso y ancho río Cauto, como barrera de contención natural, y una ciudad que era nudo de las líneas telegráficas y telefónicas. Allí el plan estratégico consistía en impedir el paso de refuerzos hacia Santiago de Cuba, especialmente de las tropas de Holguín y Manzanillo.
 
Para ello serían volados los puentes de Cauto Cristo y Bayamo, una misión confiada a los mineros de Charco Redondo, a quienes Fidel había enrolado en la conspiración revolucionaria tras ganarse su simpatía y apoyo, luego de una visita a los túneles donde trabajaban, e indagar allí sobre sus pésimas condiciones laborales y las posibles enfermedades asociadas como el manganismo.
 
 Por otra parte, la Ciudad Antorcha, símbolo de la libertad, también constituía un referente ineludible que el líder principal de la acción tuvo en cuenta al organizar las acciones en el oriente cubano.
 
«No se olvide nunca que la provincia de Oriente es, sin dudas, la más patriótica y guerrera de Cuba; fue ella la que mantuvo encendida la lucha por la independencia durante 30 años y le dio el mayor tributo de sangre, sacrificio y heroísmo a la patria», afirmó Fidel.
 
 LA ANTESALA
 
Concebida en secreto y bajo extrema seguridad, la acción del 26 de julio en Bayamo se previó con la participación de 25 jóvenes provenientes del occidente del país. De hecho, el único bayamés (Reinaldo Benítez Nápoles) involucrado en los sucesos de aquella jornada, estuvo en la toma del Moncada, en Santiago de Cuba.
 
En la ciudad, los contactos previos se habían hecho mediante Renato Guitart, enviado por Fidel para conseguir el alojamiento, quien ya se marchaba sin resultados en la búsqueda, cuando a unas calles del cuartel vio un establecimiento (conocido como Hospedaje-Casino) con el letrero «Se vende», el cual sirvió de fachada para que los asaltantes se ocultaran allí, luego de que su dueño accediera a alquilarlo por el precio de 165 pesos al contado.
 
Mientras, en La Habana, los domicilios de Abel Santamaría, Darío López y Melba Hernández servían de centros de reuniones para ultimar detalles. En la casa de Melba, también se guardaban los paquetes con uniformes y las pocas armas que se consiguieron mediante un sargento sanitario de Batista, quien simpatizaba con el movimiento y les compraba a los guardias rurales con el pretexto de revenderles a los campesinos que cultivaban tabaco.
 
Esta fue una tarea compleja, pues no aparecían con facilidad las balas para las pistolas con las que contaban, y algunos de los uniformes comprados no les sirvieron a los futuros asaltantes y tuvieron que coserse a mano, como el de Fidel.  
 
No obstante a todas las limitaciones, la acción sería el 26. Un día antes llegaban a Bayamo por diferentes vías (ferrocarril y ómnibus) los futuros asaltantes y el modesto armamento.  
 
Un momento importante en los preparativos sería la llegada de Fidel esa noche al hospedaje, cuando iba rumbo a Santiago de Cuba. En ese sitio se reunió con Raúl Martínez Arará, jefe de la acción en Bayamo, y otros pocos jóvenes. Antes de partir sincronizó los relojes para que ambas acciones sucedieran al unísono y recalcó que se debía respetar la decisión del que decidiera, dado el caso, invalidar su participación.
 
Solo a las cuatro de la madrugada el resto de los participantes tuvo el plano, las fotografías del cuartel y los pormenores del plan. «Antes de salir para el asalto, Antonio Ñico López se planteó cantar el Himno Nacional, no en voz alta, sino pensando»… relató al triunfo de la Revolución, Ramiro Sánchez, sobreviviente de la gesta.
 
Minutos después se escucharon los primeros disparos. La ciudad «despertaba» bajo fuego y gritos enardecidos que anunciaban una nueva alborada para el único camino posible hacia la libertad.
 
DEL ASALTO A LA INMORTALIDAD
 
Como es conocido, el plan inicial para asaltar al cuartel Carlos Manuel de Céspedes tuvo que variarse a última hora porque el matancero radicado en Bayamo, Elio Rosete, faltó a su palabra de introducir a tres de los asaltantes en el interior del regimiento, con el pretexto de que eran soldados que pasarían la noche antes de seguir rumbo a Santiago, y ya dentro neutralizarían a los únicos diez guardias que se encontraban allí.
 
La decisión de ir por detrás no fructificó al chocar con unas latas vacías que pusieron sobre aviso a los militares. La acción que se desarrolló, apenas duró minutos, no más de 30. En ella no hubo caídos de ninguna de las partes. De los asaltantes, Gerardo Pérez Puelles fue herido en una pierna y logró escapar; en tanto, se habla también de otro herido entre los miembros del enemigo.
 
Pero, el disparo certero propiciado por Ñico López al sargento Gerónimo Suárez, minutos después de la retirada, causó tal consternación en los esbirros del Ejército que desatarían una cruel persecución, devenida en cacería humana, torturas y muertes.
 
El baño de sangre lo dirigió el teniente Juan A. Roselló Pando, jefe de la guarnición atacada, y apodado en la ciudad «la hiena de Bayamo», quien ávido de mérito, lució orgulloso durante tres días el uniforme ensangrentado, luego de haber asesinado a uno de los diez jóvenes que fueron ultimados despiadadamente tras la acción.
 
Sin embargo, aun en medio de la confusión, otros 15 asaltantes encontraron en la ciudad puertas que se abrieron sin reparos y manos amigas que ofrecieron su apoyo generoso.
 
«Ni siquiera lo pensamos –aseguró a esta reportera Georgina Guerra, quien entonces tenía solo 22 años–, mi tío y yo le ofrecimos la casa a Adalberto Ruanes para que permaneciera allí mientras encontrábamos otra solución.
 
«Esa misma tarde apareció un pasaje con destino a La Habana y allí nos despedimos de él, angustiados por su futuro, pero cinco días después recibimos un telegrama dirigido a mi tío, donde decía: ¡El paquete llegó bien!, firmado por ARA (Adalberto Ruanes Álvarez)».
 
Ana Viña, otra valerosa bayamesa que vivía a las afueras de la urbe, en la zona conocida como El Almirante, también narró cómo su familia salvaguardó a otros cuatro jóvenes.
 
«Esa mañana, cuando mi papá se levantó se sorprendió mucho al ver a cuatro guardias frente a la casa, quienes le explicaron que acababan de tener un encuentro con la Rural, y necesitaban ayuda para uno de los muchachos, herido en una pierna.
 
«Los escondimos en un cuarto y entre mi madre y yo le preparamos café con leche y fritura de maíz verde, y en el tiempo que estuvieron con nosotros (un día y una noche) una avioneta se mantuvo volando bajito, muy cerca de la finca, pero nunca los descubrieron. Al tercer día partieron rumbo a Manzanillo y luego nos enteramos que habían llegado a sus destinos. Fue una gran alegría», apuntó.
 
No en vano, al referirse a los sucesos del 26 de Julio, Fidel resaltó: «Y nuestro pueblo es uno de esos pueblos que no tembló nunca ante el sacrificio, es uno de esos pueblos que no tembló nunca ante el precio que le obligasen a pagar por su dignidad y por su libertad; un pueblo que no tembló ni temblará nunca ante el precio que tenga que pagar por su felicidad».
 
Es por ello que, en momentos en los que algunos desmemoriados pretenden mancillar la obra de la Revolución con alaridos de odio y de manipulación barata, Cuba se yergue, otra vez, osada e insurrecta, porque tiene sólidas armas morales para enfrentar la amenaza y la mentira. Y que nadie lo dude, nos secunda, también, como faro eterno, la chispa de rebeldía que le nació a Bayamo, junto a Santiago, con la alborada inmortal del 26 de Julio.