Artículos

Lo más significativo fue la actitud, el derroche de valor y de coraje de los combatientes (I Parte)

Fecha: 

18/04/2014

Fuente: 

Periódico Granma

Autor: 

Entrevista realizada al General de División (r) José Ramón Fernández por Magali García Moré y publicada en Granma el 20 de abril de 1976.

Aproximadamente a las 02:40 de la madrugada del día 17 de abril de 1961 recibí en la Escuela de Cadetes de Managua, donde residía de modo permanente, una llamada telefónica del Comandante en Jefe. Me dijo que se estaba produciendo un desembarco en la región de la Ciénaga de Zapata y que, sin perder un minuto, me trasladara para la Escuela de Responsables de Milicias que radicaba en Matanzas y que al mando de ella me dirigiera a combatir la invasión.

A esa escuela, que yo dirigía, le correspondió muy tempranamente la misión de trasladarse a Playa Larga con el propósito de rechazar la invasión. Recibida la orden del compañero Fidel, debía determinar, en qué vehículo me trasladaría y seleccionar los hombres que irían conmigo. Sería un grupo muy pequeño, los cuatro que ocuparían las capacidades del jeep que pocos meses antes había recibido.

Todavía no había acabado de vestirme cuando Fidel me llamó otra vez para saber si ya había salido.
Minutos después hizo una tercera llamada con el mismo objetivo. Eso explica la forma enérgica y tenaz con que Fidel exige el cumplimiento de las tareas y controla su organización y desarrollo.

El local donde se almacenaban los mapas y la base material de estudio de la escuela estaba cerrado y quien tenía la llave se encontraba un tanto distante. Vuelve a llamar Fidel. Ordené romper la puerta, me hice de los mapas con una demora de minutos que me parecían horas; al llamar Fidel nuevamente, le dicen, por orden mía, que me había ido. Estaba comenzando a moverse mi vehículo.

Fidel me había dicho que no me molestara en llamar a la Escuela de Responsables de Milicias porque él mismo lo haría y ordenaría que se alistase para salir de operaciones.

Cuando llegué, ya toda la escuela se había levantado y los alumnos estaban desayunando. Esperaban la orden de partida.
Obedeciendo a la orden de mi sustituto en la dirección de la escuela, capitán Raúl Vilá Otero, situada aledaña a la Carretera Central, el personal comenzó a detener los camiones que circulaban, y los movilizaba para el Servicio Militar, de modo provisional.

Como muchos de ellos transportaban los productos más disímiles —vegetales, viandas, jaulas con animales vivos incluso— se procedía a descargarlos frente a la escuela en el polígono de formación, que ofrecía una imagen de feria improvisada.

En la propia posta de la entrada me comunicaron que el Comandante en Jefe esperaba en el teléfono que yo le respondiera. Hacía un seguimiento estricto del cumplimiento de su orden. No nos molestaba que lo hiciera, al contrario, y constituye una ayuda invaluable que el Jefe no solo nos exija, sino que esté disponible para cualquier consulta o aclaración a sus subordinados, más en una misión como la que nos había confiado, de gran responsabilidad, trascendencia y contenido. La actitud de Fidel me confortaba y daba confianza, y su disponibilidad fue para mí esencial.

Se interesó por conocer el estado moral de los alumnos. El ánimo es excelente, respondí a Fidel. Aquellos alumnos se preparaban para oficiales y fueron seleccionados en un proceso riguroso; ascendieron tres veces el Pico Turquino y se probaban día a día durante el desarrollo del curso basado en esfuerzo, exigencia, disciplina. El curso era muy riguroso, demandaba mucho de cada uno.

El día 16 después del entierro de las víctimas del bombardeo a nuestra patria, a la base aérea de San Antonio de los Baños y a los aeropuertos de Ciudad Libertad y de Santiago de Cuba, recibí la indicación de que mi tarea era continuar preparando oficiales y tropas.

No obstante lo anterior, viajé de Managua a Matanzas y organicé la escuela como un Batallón de Combate. Es así que el día 17 al amanecer, tenían en las manos sus armas, más las armas de apoyo, consistentes en una Batería de morteros y escuadras con ametralladoras de trípode, sacadas de los almacenes y módulos de municiones. La Escuela estaba lista para cumplir la misión y la tarea en cuanto tuviera el transporte.

En la conversación telefónica con Fidel me expresó que, aunque no había detalles ni precisiones en cuanto al número de los invasores, estaba confirmado el desembarco del enemigo por Playa Larga y Playa Girón, de modo que la escuela era la unidad importante más cercana a unos cien kilómetros de los puntos de desembarco.

Por indicación del Comandante en Jefe, situaría mi puesto de mando en la oficina del administrador del central azucarero Australia. Allí, puntualizó, se estaba instalando en esos momentos un teléfono que con solo descolgarlo me permitiría comunicarme con él, en el Punto Uno.

MI MISIÓN CAMBIÓ


En pocas horas había cambiado mi misión. De modo imprevisto me asignaron realizar una tarea que consistía en rechazar una grave amenaza para la patria y debía cumplirla cabalmente. No podía defraudar la confianza que Fidel y Raúl depositaban en mí.

Entre tanto el Comandante en Jefe movilizaba batallones de milicias y unidades de artillería y artillería antiaérea, daba misiones a la Fuerza Aérea, a unidades de tanques y a las columnas especiales de combate del Ejército Rebelde No.1 y No. 2 y ponía además en estado de alerta máxima a los batallones de las MNR de Ciudad de La Habana. Movilizó también a los batallones de milicias del Sur de la provincia de Matanzas y a los de la parte occidental de la entonces provincia de Las Villas.

Me puse al fin en camino hacia el Australia. En la Carretera Central, a la entrada del poblado de Jovellanos, me hizo señas para que detuviera la marcha el jefe del cuartel de esa localidad, capitán José A. Borot García. Le dije, antes de que hablara, que no tenía tiempo para atenderlo, pero expresó que el Comandante en Jefe me esperaba en el teléfono. Informé de mis acciones. Fidel se mostró preocupado por el tiempo que la escuela demoraría en ponerse en marcha. Le expresé que sería en cuanto tuviera el transporte y que eso ya estaba marchando, que sería pronto.

Así llegué a Jagüey Grande, donde existía plena efervescencia por la noticia de la muerte de algunos de los combatientes de la zona que se habían movido hacia Playa Larga y mucho antes de llegar a ese punto fueron atacados por la fuerza aérea mercenaria. En Jagüey la población vestía el uniforme de las milicias y estaba en actitud de combatir.

Establecí el puesto de mando en la oficina del administrador del central Australia y enseguida, a las 8:05 de la mañana, hora que aparece registrada en un parte, hice saber al Comandante en Jefe que me encontraba en el lugar indicado. Se interesó por la situación. Informé que había gente pidiendo armas; que se hablaba de la presencia de paracaidistas en la región y que en el central se disponía de siete fusiles que utilizaba la milicia. Le comuniqué mi decisión de armar, con aquellos siete fusiles, a una patrulla de milicianos para determinar la presencia de paracaidistas en los alrededores; no para enfrentárseles sino para conocer realmente en qué condiciones nos encontrábamos. Me dijo Fidel que si había paracaidistas, lo primero que debía hacer “era limpiar la zona de paracaidistas y después avanzar sobre el enemigo y seguir avanzando”.

Al recibir información sobre el desembarco, el jefe del Batallón 339, capitán Ramón Cordero Reyes, que se encontraba con su unidad en los alrededores del central Australia, ordenó requisar varios vehículos y logró enviar parte de sus fuerzas a enfrentar al enemigo entre Pálpite y Playa Larga, donde lo combatió en condiciones desventajosas: el adversario es-taba mejor armado, más organizado, mucho mejor entrenado y posicionado en una situación favorable para la defensa. En ese fuerte encuentro con los agresores, cayeron varios milicianos y se dispersó prácticamente esa parte de la fuerza del batallón. Poco después, antes del amanecer, el resto de las compañías del 339 combatió en las mismas condiciones, en esta ocasión, bajo la dirección del jefe del Batallón, que perdió completamente el mando y el control de su tropa.

Por otra parte, varios grupos de milicianos del Batallón 225, en su mayoría de Jagüey Grande, al conocer del desembarco, se dirigieron temprano en la mañana a buscar sus armas, y se movieron luego hacia la zona de la agresión. Lo hicieron de manera espontánea, sin haber recibido orden alguna en ese sentido y sin un mando que los condujera, y sin mando estuvieron durante las primeras horas de aquella mañana.

Minutos después se presentó en el central una fuerza con personal de los batallones 219 y 223 de las zonas de Colón, Calimete y Manguito. Ninguno de ellos había realizado prácticas de tiro y solo portaban fusiles M-52 y 20 cartuchos cada uno.

Considerando su preparación y armamento les ordené tratar de ocupar el pobladito de Pálpite. Se hacía necesario evitar que el enemigo continuara su avance sin que se le presentara resistencia. Así se lo ordené y salieron a cumplir la encomienda bajo el mando del capitán Conrado Benítez Lores que los había conducido hasta allí. Avanzó hasta las cercanías del punto conocido como El Peaje, a unos ocho kilómetros del central Australia. Allí, un ataque de la aviación enemiga le causó seis muertos y lo hizo retroceder. Ordené que avanzaran de nuevo y aseguraran la carretera, en especial las alcantarillas. Que en cada alcantarilla, en dependencia de su ubicación y tamaño, dejaran una escuadra o un pelotón para custodiarla.

Un poco antes de las 9:00 de la mañana, luego de haber tomado las medidas iniciales en el central Australia, observé un jeep destartalado que llegaba al puesto de mando. Lo ocupaba un oficial, el chofer y dos personas más. Me dirigí al oficial, pedí que se identificara y me respondió con su grado y nombre. Era el capitán Ramón Cordero Reyes, Jefe del Batallón 339.

—¿Dónde está tu Batallón?, inquirí. Contestó que muerto, prisionero o disperso.

Pregunté otra vez: —¿Qué hay entre nosotros y el enemigo? —No hay nada, respondió.

Después arribó al Australia el Batallón 227, procedente de Unión de Reyes, Bolondrón, Güira de Macurijes, Pedro Betancourt y Juan Gualberto Gómez y bajo el mando del capitán Orlando Pérez Díaz. Le encomendé la misión de tomar Pálpite, donde llegó después de la Escuela de Responsables de Milicias pues avanzó a pie y la Escuela lo hizo en vehículos.

Ese batallón recibió la orden de desviarse por Pálpite hacia Soplillar y luego al sur hasta la carretera que conduce de Playa Larga a Playa Girón en la Caleta del Rosario y dividir así en dos al enemigo.

FIDEL DIRIGÍA PERSONALMENTE


Fidel dirigía personalmente la defensa del país y seguía las operaciones hasta el detalle, ordenaba a los jefes de una parte de esas unidades que se presentaran ante mí en el Central Australia y así fue poniendo bajo mi mando fuerzas que llegaron a sumar miles de hombres de todas las armas.

No había radio, teléfono ni medio de comunicación de ningún tipo. Así fue durante todas las acciones combativas. La comunicación se establecía con mensajes precariamente enviados, en un vehículo cualquiera, incluyendo una motocicleta. Y a veces ni eso. Se le daba al mensajero para que él se las agenciara en llegar con el correo a su destino.

Aproximadamente a las 09:30 horas, llegó al central Australia la Escuela de Responsables de Milicias. No permití que los hombres descendieran de los camiones, pese a que llevaban, desde su salida de Matanzas, bastante tiempo de pie encima de ellos y en un viaje muy incómodo, en camiones sin facilidades ni para agarrarse.

Desde lo alto de la cabina de uno de los vehículos expuse la misión que debían acometer. Avanzarían hacia Pálpite, lo tomarían y asegurarían y una vez logrado ese objetivo, la segunda compañía del batallón de la Escuela mandada por el Teniente Roberto Conyedo León proseguiría hacia el Este, tomaría Soplillar, bloquearía la pista de aviación que allí existía y también aseguraría el lugar.

El Comandante en Jefe ordenó que la Escuela no se moviera antes de la llegada de un avión que le daría cobertura. No obstante las llamadas del compañero Fidel, el dichoso avión no llegó nunca o nosotros, no lo vimos, sin embargo, el avance se realizó y transcurrió sin incidentes ni dificultades a bordo de los vehículos.

Alrededor de las 12:37 horas del propio día 17, la Escuela de Responsables de Milicias informó al puesto de mando en el central Australia que había tomado Pálpite y que, tal como estaba indicado, su segunda compañía se movía hacia Soplillar, a unos seis kilómetros al Este de ese punto. Cuando informé al Comandante en Jefe de esos hechos, me comunicó que nuestra fuerza aérea había hundido varias de las embarcaciones de los mercenarios y que el resto de la flota invasora había sido puesta en fuga. Me dijo: —Bien, muy bien, ya ganamos. Oye, los barcos se fueron. Hundidos, tres, otro ardiendo, en fuga cuatro más que los estaban persiguiendo.

Además me ordenó que de inmediato avanzara con el propósito de tomar Playa Larga.

El 17 de abril, al mediodía, teníamos en Pálpite una vía de acceso y cabeza de playa dentro de la plaza de armas ocupada por los mercenarios, y fuerzas revolucionarias se movían para cerrar los accesos desde Covadonga (Norte) y desde Yaguaramas (Este). Así en pocas horas las tres carreteras que conducían a esa plaza de armas, serían cerradas por las fuerzas revolucionarias, y con ello se impedía el posible acceso de los invasores al territorio al Norte y al Este de la ciénaga. Así se crearon las condiciones para su rápida derrota.

Hay que considerar que aunque la Escuela de Responsables de Milicias estaba organizada como un batallón de combate, no disponía de ninguna pieza de artillería ni artillería antiaérea, tampoco de tanques.

El avance de la Escuela de Responsables de Milicias hasta Playa Larga se haría por una carretera recta, bastante adelantada en su construcción, y que estaba flanqueada a ambos lados por una vegetación tal que impedía el despliegue o el paso de cualquier unidad, lo que obligaba a transitar directamente hacia un enemigo que había sostenido ya un fuerte combate con el Batallón 339.

En Playa Larga el enemigo se había posesionado de un terreno que le era ventajoso y emplazó sus armas apropiadamente en dirección a la ruta por la que obligadamente avanzaríamos, la única que servía de acceso a Playa Larga. Los mercenarios para su defensa, contaban con tanques y cañones sin retroceso y habían ocupado un área triangular, cuya superficie estaba a un metro o metro y medio más baja que la de la carretera, lo que constituía una protección natural. Era una especie de trinchera.

La Escuela se preparaba para atacar Playa Larga, eran aproximadamente las 13:00 horas del 17 de abril cuando varios aviones pasaron sobre el poblado e hicieron señales de saludos.

Aquellos aviones llevaban en el fuselaje las insignias de la Fuerza Aérea Revolucionaria. Sorpresivamente giraron de nuevo sobre Pálpite y en repetidas ocasiones atacaron a la Escuela que se encontraba en un terreno descampado. El fuego de ametralladoras y cohetes causó numerosas bajas.

Cuando a las 15:00 horas, recibía del oficial que estaba al frente del batallón de la Escuela, teniente Nelson González García y de otro que lo acompañaba, el informe sobre lo acontecido en Pálpite, el Comandante en Jefe se hizo presente sin aviso previo en el puesto de mando. En su compañía terminé de escuchar el parte que se me rendía. Fidel pronunció unas pocas palabras, indicó a los oficiales que se reincorporaran a sus posiciones en Pálpite y me invitó a caminar alrededor del central, como aparece en la foto que se publicó en el periódico  Revolución, el día 18 de abril del año 1961.

UNIDADES DE ARTILLERÍA Y OTRAS FUERZAS


Durante la caminata, que se prolongó por un tiempo largo, me dio a conocer que hacia la zona estaban en marcha unidades de artillería de campaña; cuatro baterías de obuses de 122 mm; seis baterías de ametralladoras cuádruples de 12,7 mm y de cañones de 37 mm antiaéreos; tanques y otras fuerzas. Añadió que debíamos organizar el ataque contra Playa Larga para tomar esa posición lo más rápidamente posible.

Fidel hizo consideraciones que ponían de manifiesto su optimismo; nosotros le informamos lo que sabíamos respecto a los paracaidistas y sobre el tamaño de las fuerzas invasoras conformadas por mercenarios cubanos.

Durante ese periodo llegó a Australia el jefe de la artillería antiaérea capitán José Álvarez Bravo. El Comandante dio indicaciones, habló por teléfono. Arribaron a la zona las cuatro baterías de obuses 122 al mando del teniente Roberto Milián Vega, una batería de cañones 85 y otra de morteros 120. También las seis baterías de ametralladoras cuádruples 12,7 mm (Cuatro Bocas), una batería de cañones antiaéreos de 37 mm y cinco tanques T-34 al mando del teniente Néstor López Cuba.

Estando Fidel todavía en La Habana, yo le había pedido autorización para trasladar a Pálpite mi puesto de mando. No accedió. Debía mantener mi posición en el central Australia, me dijo, porque el teléfono instalado en la oficina del administrador era el único medio de comunicación con La Habana desde una zona donde, teniendo en cuenta las distancias y los medios disponibles, el servicio de mensajeros no resultaba rápido ni seguro. Pero sobre las 17:00 horas el Comandante me indicó que moviera a Pálpite mi puesto de mando.

De inmediato me dispuse a cumplir la orden y pedí al oficial que me acompañaba, teniente José Martínez González, que recogiera los mapas y se preparara para acompañarme. Fidel expresó entonces que los mapas se quedarían allí, con el oficial que trabajaba con ellos, y que el que se iba era yo.

Un poco antes del oscurecer llegó Fidel a Pálpite. Permanecería allí durante un tiempo bastante prolongado, no obstante la preocupación de todos por su vida y el reiterado pedido de que se marchara y su consiguiente disgusto, como ha sucedido otras veces en situaciones similares, haciendo valer su derecho de estar allí.

Hizo un análisis completo de la situación y tomó determinaciones sobre las fuerzas en general. Ordenó que el Batallón 111 al mando del comandante Luis R. Borges Alducín, avanzara por la dirección Pálpite-Soplillar, tomar a Cayo Ramona y continuar hacia Helechal, a fin de cortar en ese punto la carretera San Blas-Girón y evitar que los mercenarios que se encontraban en San Blas, pudieran retirarse hacia Girón o recibieran refuerzo de Girón, quedando así separados de su fuerza principal.

Las doce de la noche era la hora que nos habíamos prefijado para iniciar el avance sobre las posiciones enemigas en Playa Larga. Era necesario emplazar, ajustar las piezas, determinar las distancias, alistar las municiones para la preparación artillera que antecedería el avance.

Ordené que los cañones 85 hicieran disparos esporádicos y que los morteros 120, situados a cuatro kilómetros de las posiciones enemigas, dispararan sobre ellas. Recibíamos fuego de artillería desde Playa Larga y el jefe de los morteros no respondía. Tenía objeciones sobre su lugar de emplazamiento, por tener el terreno solo una ligera capa de tierra sobre la roca, lo que podía dañar el sistema de amortiguación de las piezas al disparar. Como no pude convencerlo, tuve que conminarlo a que disparara. Lo hizo y esperé con ansiedad oír la explosión de las granadas de los 120, que pesan 16,4 kg. (36 libras). Silencio. Como no escuché a ninguno de los proyectiles explotar, volví a dirigirme al jefe de la batería. Era ya de noche y lo recuerdo farol en mano. Me dijo que era mucha la distancia para que se escucharan. No me convenció, pues yo sabía que no era así.

Quise revisar entonces las espoletas y descubrí que estaban disparando sin ellas. Era como tirarle piedras al enemigo. Si algunas de aquellas granadas le acertaba en la cabeza a un mercenario, lo mataba; pero en caso contrario no haría efecto alguno.

En definitiva, en medio de decenas de incidentes como ese, de falta de preparación, de inexperiencias de todo tipo, se trabajó arduamente desde el oscurecer hasta la medianoche.

Con estos relatos se ilustra con qué falta de dominio de la técnica combatieron las fuerzas revolucionarias que derrotaron a los mercenarios en Playa Girón.

Los artilleros, al igual que los artilleros antiaéreos, no superaban los conocimientos más elementales y aún así estaban mucho mejor preparados que los tanquistas, que apenas sabían disparar los cañones de sus tanques. Los morteristas disparaban sin haber colocado ni graduado la espoleta en el proyectil.

Lo más significativo fue la actitud de los combatientes, el derroche de valor y de coraje, fue grande su espíritu de victoria y firme la determinación de derrotar al enemigo. Fue la voluntad de vencer de cada uno de nuestros combatientes la que propició la rápida liquidación del enemigo. Todos defendiendo con valentía, tesón y arrojo una Revolución que sabían ya socialista, poniendo la vida en juego por ella y por la soberanía de la patria.

A LAS 24 HORAS DEL DÍA 17

El movimiento desde nuestra ubicación para atacar Playa Larga comenzó a las 24:00 horas del día 17. La Columna 1 Especial de Combate del Ejército Rebelde, bajo el mando del capitán Harold Ferrer Martínez, marchaba en el segundo escalón detrás de la Escuela de Responsables de Milicias y los bazuqueros, una fuerza que equivalía aproximadamente a una compañía armada con bazucas, que avanzó también sin desplegarse y con distancias y espacios reducidísimos ya que en el ancho de avance no había más de 20-25 metros, lo que significa que realmente no había despliegue.

Las tropas se mezclaron durante la ofensiva. Como jefe, estaba consciente de las complejidades de un ataque nocturno, y mucho más consciente aún de las dificultades de una tropa poco preparada para ese tipo de acción combativa, apenas sin experiencia o sin ninguna experiencia y que se aprestaba a combatir de noche, pero era necesario hacerlo. Había que liquidar la invasión con toda rapidez y así justamente lo demandaba el compañero Fidel.

Pasaba de una preocupación a otra. Con esa poca preparación que poseían los jefes y las tropas y en esas condiciones tenía el mando de una agrupación mixta de fuerzas.

La presencia física de Fidel, o saber que seguía cada acción, resultaba decisiva.

Eran muchos los asuntos a atender. Solo disponía de aquel teléfono que enlazaba con La Habana y que ahora en Pálpite me quedaba a decenas de kilómetros de distancia, mientras que con los jefes de batallones solo podía comunicarme por mensajes manuscritos o verbales.

Avanzó nuestra fuerza y llegó a las posiciones que físicamente ocupaban los mercenarios en Playa Larga. El enemigo esperó hasta el último momento para romper el fuego. Un fuego concentrado, infernal. Tronaban los cañones de los tanques, los cañones sin retroceso, las bazucas, las ametralladoras, los fusiles. Un combate encarnizado se estaba desarrollando.

Hombres y blindados nuestros llegaron hasta las mismas trincheras enemigas. Uno de esos tanques, impactado por un proyectil en una estera, cayó dentro de las posiciones mercenarias. Perdimos dos tanques. Sufrimos más de treinta muertos y se reportaron muchos heridos. El adversario tuvo asimismo numerosas bajas, tal vez más de veinte. El Jefe de la tercera compañía de la Escuela de Responsables de Milicias, teniente Juan A. Díaz González, cayó destrozado al parecer por una granada de arma pesada, a menos de diez metros de la trinchera ocupada por los mercenarios.

Ni la insistencia y la reiteración del ataque ni el ímpetu de nuestros combatientes pudieron doblegar la resistencia de los invasores que ocupaban una posición muy ventajosa, organizaron bien su fuego y disponían de un buen armamento. Aparentemente, el ataque había fracasado.

El Comandante en Jefe, que se encontraba en ese momento en el central Australia, recibió un mensaje de La Habana que decía que se había producido un desembarco en la zona Norte de Pinar del Río. Ante el reclamo de información, le confirmaron erróneamente que se combatía en tierra y decidió trasladarse de inmediato hacia allá al considerar muy grave la situación si eran ciertos tales acontecimientos.

A continuación aparece copia del mensaje que el compañero Fidel me envió a las tres de la mañana del 18 de abril, donde se hace referencia a este asunto.

Fernández:

Estoy resolviendo lo del parque de cañón. Los otros tanques llegarán a Australia al amanecer.

Por el día decidiremos el momento oportuno de moverlos.

Augusto quedará en Australia. Yo tendré que salir dentro de un rato hacia La Habana. Estaré en comunicación constante con ustedes.

Mándame noticias constantemente sobre el curso de las operaciones.

¡Adelante!

Fidel Castro

Australia, abril 18, 61

3 a.m.

P.D. Todavía no he recibido noticias desde el papelito en que me informaste que el enemigo disminuía el volumen de fuego.

Así pasó la madrugada del 17 al 18; con el enemigo contenido, una fuerte presión nuestra en la dirección de Playa Larga y las fuerzas revolucionarias organizándose para el ataque final. Igualmente se combatía en las otras dos direcciones de ataque: Covadonga y Yaguaramas.

En horas de la mañana del 18 recibí la información de la llegada inminente a Pálpite de los batallones 123, 144 y 180, todos de La Habana. Con el propósito de evitar el amontonamiento de fuerzas innecesarias en la zona. Los recién llegados, sumados a los que ya estaban, totalizarían más de cinco mil hombres. Indiqué que la Escuela de Responsables de Milicias y la Columna 1 Especial de Combate del Ejército Rebelde, que no descansaron en las últimas 48 horas y tuvieron una cantidad importante de muertos y heridos, se retiraran a los alrededores del central Australia y quedaran como reserva disponible.

Habían luchado con valentía, pero no habían podido derrotar al enemigo bien armado y preparado. Sin embargo, el enemigo fue incapaz de esperar el segundo ataque y entregó la posición pocas horas después, retirándose sigilosa y velozmente a bordo de camiones propios de la brigada.

RECIBO OTRO MENSAJE


En un mensaje de las 04:40 horas del día 18, que recibí bastante después en Pálpite, el Comandante en Jefe me ordenaba enviar un batallón hacia la Caleta del Rosario. Esa tropa se trasladaría hacia Soplillar, continuaría con rumbo Este y luego hacia el Sur para llegar a su destino. Así se cortaría la carretera que une Playa Larga con Playa Girón y se completaría una operación que dividiría en tres al enemigo.

El Batallón 227 había llegado a Pálpite pasado el medio día del propio día 17, y tal como se le había ordenado se dirigió a Soplillar, donde se encontraba la segunda compañía de la Escuela de Responsables de Milicias y continuó directamente hacia el Sur a la Caleta del Rosario para cortar al enemigo. Se lo había ordenado de modo claro y categórico cuando lo recibí en Australia.

No obstante lo anterior, cumplí como correspondía la orden del compañero Fidel y asigné esa misión al Batallón 144 al mando del Teniente MNR Leonel Zamora Rodríguez.

Demoró en el movimiento el Batallón 144; no llegó a tiempo a la Caleta y no pudo impedir, por tanto, que ante lo acontecido la noche anterior, el enemigo abandonara Playa Larga y se retirara en vehículos hacia Girón.

Debo aclarar que Soplillar se ubica al Sureste de Pálpite y median unos seis kilómetros entre ambos puntos; y hay que seguir avanzando y luego dirigirse al Sur para salir a la Caleta del Rosario. Un vecino de la zona, que dijo conocer la región, se ofreció a servir de guía. A la hora de partir, el guía no apareció, lo que provocó confusión y algún retraso. Pero aquel batallón, con guía o sin él, partió a cumplir su misión. Expliqué entonces a su jefe que una vez salido de Pálpite avanzara hacia el Sureste durante cuarenta y cinco minutos o una hora, antes de girar hacia el sur y salir a la Caleta o a sus cercanías. El jefe del Batallón 144 no encontró el camino o no adelantó lo suficiente. Antes de tiempo tomó rumbo Suroeste y se aproximó a Playa Larga en el punto donde el camino termina. Se percató entonces de su error y volvió hacia atrás. Cuando salió al fin a la Caleta del Rosario ya la agrupación mercenaria se había retirado, lo que hizo al amanecer, según la propia versión del enemigo, y desobedeciendo a José A. San Román, jefe militar de la Brigada Mercenaria 2506, que les exigía permanecer en Playa Larga y defender esa posición.

La Columna 2 Especial de Combate del Ejército Rebelde al mando del capitán Roger García Sánchez, recibió estando en Soplillar, en la mañana del día 19, la orden de Fidel de seguir la ruta del Batallón 111 e interceptar, en Helechal, la carretera San Blas-Girón.

Cuando ambas unidades arribaron a Helechal, entre las tres y las cuatro de la tarde del 19 de abril, hacía ya tres o cuatro horas que San Blas había sido tomado por las fuerzas provenientes de Covadonga y Yaguaramas. No se cumplió tampoco aquí la misión ordenada por Fidel.

No se cortó al enemigo en dos entre Playa Larga y Playa Girón ni entre San Blas y Playa Girón. Lo digo con sentido autocrítico. Esas dos misiones ordenadas por el compañero Fidel que no fueron cumplidas, en un caso, Caleta del Rosario por no haber sido capaz el Batallón 227 que sí llegó a tiempo de contener al enemigo y no lo hizo, y el 144 por no realizar a tiempo el movimiento y tomar las posiciones ordenadas; y en Helechal, por no ejecutarse por el Batallón 111 y la Columna 2 Especial de Combate del Ejército Rebelde.

Todo ello trajo duras críticas y provocó un justificado y enorme disgusto del Comandante en Jefe. De haberse realizado exitosamente hubiera sido posible la derrota enemiga el día 18.

A las cinco de la mañana de este día 18 estábamos todavía en Pálpite y dimos la alerta a todas las fuerzas en el lugar, especialmente a la artillería antiaérea que fue colocada en “posición uno” en espera de un ataque de la aviación enemiga. Era lógico pensar que se produciría. El día anterior la aviación mercenaria había atacado en ese lugar a la Escuela de Responsables de Milicias.

Sabían nuestros enemigos que el ataque nocturno a Playa Larga partió de ese sitio y que había allí una concentración de fuerzas. Era previsible entonces que intentaran atacarnos al amanecer, dejando el sol a su espalda para ocultarse. De ahí las medidas que se tomaron. En efecto, amanecía cuando un avión se aproximó y no atacó Pálpite, pues se desvió por el fuego intenso que inició nuestra artillería antiaérea ante su proximidad.

Por declaraciones de mercenarios capturados, que corroboran documentos desclasificados después, supimos que ese avión informó de las numerosas fuerzas que se agrupaban en Pálpite. Ese aviso decidió, en mi opinión, que de modo inmediato y sin más consultas, Erneido Oliva, segundo jefe militar de la Brigada, dispusiera la retirada apresurada de Playa Larga del batallón 2 y las unidades de refuerzo bajo su mando, y su traslado a Playa Girón.

El 123, bajo el mando del Teniente MNR Orlando Suárez Tellería, no llegó hasta el mediodía, y al batallón 180 al mando del Teniente MNR Jacinto Vázquez de la Garza le encomendé, poco después de amanecer, atacar y tomar Playa Larga.

Alrededor de las 8:00 de la mañana del día 18, cuando el Batallón 180 se aproximaba a Playa Larga, salieron a la carretera varias decenas de personas —hombres, mujeres y niños— que portaban sábanas blancas. Eran vecinos del lugar que permanecieron allí prisioneros de los mercenarios. Gracias a ellos pudimos conocer algunos detalles de la composición de la fuerza enemiga: no había ningún extranjero en aquella tropa pero se comportaba como un ejército de ocupación, venían organizados, armados y reclutados por una potencia extranjera que los pagaba.

Cumpliendo órdenes la sexta compañía de la Escuela de Responsables de Milicias, al mando del teniente José A. Palacios Suárez con un tanque y una batería de morteros de 82 mm, se movía en la maleza para salir a Buenaventura. Tomada ya Playa Larga, esa unidad se iba abriendo paso trabajosa y lentamente a través de la vegetación para llegar a ese destino, que no alcanzó. Se le mandó un mensaje y pudo ser localizada antes de que saliera a Buenaventura. Se retiró por el mismo sendero que abrió para avanzar.

En la mañana del día 18, estando todavía en Pálpite, tuve la primera información de valor sobre la magnitud de la invasión mercenaria y acerca de sus jefes. Un mercenario capturado con una aparatosa pero no grave herida superficial a lo largo de la espalda, me brindaría datos interesantes.

Lo interrogué durante unos minutos mientras se buscaba la manera de que fuera trasladado para que lo asistiera un médico. Le dije lo que él estaba obligado a decir y lo que no estaba obligado, y lo invité a que me diera información sobre la invasión.

INFORMACIÓN SOBRE LA INVASIÓN

El prisionero ofreció, aproximadamente, el número de hombres que componía la Brigada y dijo que sus dirigentes principales eran José Antonio Pérez San Román y Erneido Andrés Oliva González, primer y segundo jefe, respectivamente, de la tropa invasora. Añadió que en esos momentos Oliva estaba al mando de los hombres posesionados en Playa Larga, que eran los del Batallón número 2, cuyo jefe era Hugo Sueiro. Me informó que oficiales de las fuerzas armadas de los Estados Unidos los habían entrenado y de los barcos de la Marina de Guerra de ese país en las cercanías.

La información nos corroboró el carácter verdaderamente mercenario de la Brigada. Lo menciono para que las nuevas generaciones no olviden que Washington reclutó a centenares de esos hombres con la finalidad de reimplantar en Cuba el sistema político y social que comenzó a ser desmantelado aquí a partir del 1ro. de enero de 1959.

Y que el imperio sigue tratando de hacerlo con saña y sin escrúpulos.

Por aquel prisionero supe además, y lo constaté a medida que pasaban las horas, que soldados y oficiales del antiguo Ejército formaban parte de la Brigada mercenaria y que al menos una decena de esos exoficiales fueron alumnos o condiscípulos míos en la Escuela de Cadetes de Managua, lo que para mí, en el plano personal, era vergonzoso.

Varios de ellos, cuando me vieron, se arrodillaron. Imploraban por su vida. Decían: “Tú sabes que yo tengo mujer e hijos... “, como si los milicianos y militares que los enfrentamos no los tuviésemos también. Fue un espectáculo muy triste. Sin embargo, no se tomó represalia alguna con ellos. Ninguno resultó maltratado ni ofendido. Se le dio agua al sediento y se les alimentó de acuerdo con las posibilidades. Todos los heridos y lesionados recibieron prioritariamente asistencia médica. La política seguida por el compañero Fidel en la Sierra Maestra se cumplió: absoluto respeto a los prisioneros, heridos o no.

No quiero dejar de mencionar en este recuento un caso al que he aludido otras veces. José A. Pérez San Román y Erneido A. Oliva González pertenecían al mismo curso en la Escuela de Cadetes. Pérez San Román fue el primer expediente de su promoción, y Oliva, el segundo expediente.

Hago un paréntesis y avanzo en el tiempo para referirme a Oliva:

Al triunfo de la Revolución, Oliva pasaba un curso en una Escuela del Ejército de Estados Unidos, en Panamá. Regresó a Cuba en enero o febrero de 1959 y nos vimos en una visita que él hizo al campamento de Managua. Pasó el tiempo y cuando el Comandante en Jefe me asignó la tarea de organizar la Escuela de Responsables de Milicias, yo solo tenía un grupo de profesores, ya insuficiente, para cumplir su misión en la Escuela de Cadetes.

El Compañero Fidel había organizado en el Instituto Nacional de Reforma Agraria un grupo de cuarenta o cincuenta oficiales del antiguo Ejército que habían pasado a trabajar a sus órdenes como inspectores.

Pedí a Fidel que me facilitara unos quince de aquellos oficiales para que sirvieran como profesores en la Escuela. Y, entre ellos, escogí a Oliva, inteligente, preparado, negro y aunque prepotente, no fácil en su trato y un tanto resentido, estimé que podría ser útil.

Fidel ordenó que aquellos oficiales seleccionados se me presentaran y en las entrevistas que sostuve con ellos les explicaba la misión que teníamos por delante en la formación de oficiales para las Milicias.

Con Oliva tuve un trato especial, pues no asistió a la reunión colectiva y lo recibí solo. Le expliqué la tarea en detalle y le pregunté varias veces si aceptaba. Insistí en que era voluntario lo que le pedía, que podía aceptar o no. Aceptó.

Se acercaba el inicio del curso y Oliva, aduciendo problemas familiares, pidió un permiso de dos o tres días para ausentarse de la Escuela. Le concedí el permiso y cuando se cumplió el plazo, llamó por teléfono para solicitar una prórroga. Se la concedí, no sin advertirle la fecha de inicio del curso y de lo imprescindible que resultaba que estuviera presente.

Llegó el día que comenzó el curso y Oliva no llegó. Mandé que lo localizaran en su casa. No estaba y los familiares alegaron que desde dos días antes no sabían nada sobre él. En resumen, Oliva había abandonado el país.

Cuando concluyeron las acciones de Playa Girón se dispuso que los mercenarios, a medida que fueran capturados, se les internara en los vestidores (taquillas) del centro turístico, situados entonces en el área donde ahora está el bar del Hotel Playa Girón y locales de oficinas que le siguen.

Se colocó a un alumno de la Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas, José Guarino Castillo González, quien en la puerta custodiada tomaba el nombre de cada capturado que llegaba. Cada dos o tres horas me informaba y yo me daba una vuelta por el lugar a fin de conocer cuántos y quiénes habían sido capturados.

Está establecido que el prisionero, con independencia de su grado, rinda cortesía militar al oficial que lo capturó o que bajo su custodia se encuentre.

En una de mis visitas al vestidor, advertí a alguien que no se puso de pie a la voz de “atención”. Permaneció sentado con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. Me paré frente a él.

Prisionero ¿usted no sabe que tiene que ponerse de pie?

El hombre, un poco reticente, levantó la cabeza. Era Oliva. Había dado un nombre falso en la entrada a fin de evadir su responsabilidad. Se puso en atención al instante.

—Me hicieron prisionero porque se me acabaron las balas de la pistola —me dijo.

Saqué mi pistola y se la tendí.

—Toma la mía.

Reaccionó de inmediato:

—Esto es un abuso por parte suya.

Ese fue el único abuso cometido con los prisioneros.

En verdad, lo reconozco, era un abuso. Pero creo que tenía algún derecho ante la traición personal de que fui objeto por parte de un hombre que fue mi alumno y a quien brindé la opción voluntaria de servir a la Revolución y estar a mis órdenes en una tarea digna. En cambio, me engañó, desertó y vino a enfrentarse a su pueblo en nombre de una potencia extranjera.