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Mi preocupación era Fidel

A los 21 años me alcé en la Sierra Maestra. Llegué al Tercer Frente Mario Muñoz Monroy, pero enseguida me regresaron a La Habana para reforzar el Movimiento 26 de Julio luego del fracaso de la huelga del 9 de abril de 1958. Al poco tiempo volví, pero al Segundo Frente Oriental Frank País. Allí integré la columna 17 Abel Santamaría dirigida por el comandante Antonio Enrique Lussón. A las pocas horas del triunfo de la Revolución, el comandante Raúl Castro le pidió a Lussón escoger un grupo de compañeros para cuidar a Fidel en el viaje que haría hacia La Habana, y me seleccionó entre ellos.
 
 A Fidel lo vi por primera vez el 3 de enero de 1959 en Holguín, cuando le presentaron su nueva escolta. A partir de ahí lo acompañé en toda la Caravana de la Libertad. Desde esa ocasión me impresionó porque era un hombre tan grande y a la vez, tan sencillo. También me impactó Celia, una mujer flaquita y con tanto espíritu. En ese grupo venían también los comandantes Juan Almeida Bosque, Calixto García y Paco Cabrera.  
 
Entonces emprendimos el recorrido rumbo a la capital. El viaje se hizo muy lento, pues a medida que la Caravana avanzaba se le iba incorporando artillería, tanques, cañones. Algunos venían por su propio eje, otros en zorras. Además se hacía difícil el recorrido porque había mucha gente, puentes destruidos por la guerra a lo largo de la Carretera Central y había que cruzar ríos.
 
 La entrada a Camagüey fue increíble, el pueblo tomó las avenidas para ver a Fidel. Después pasamos por Ciego de Ávila, Sancti Spíritus, Santa Clara, Cienfuegos y Matanzas. En todas esas provincias el pueblo estaba en las calles. Llegamos a La Habana el 8 de enero de 1959. Entramos por el Cotorro. Allí la Caravana se detuvo porque querían que Fidel subiera a un helicóptero que lo llevaría directo a la Fortaleza de Columbia, donde debía hablar a las 5:00 p.m. Y el Comandante dijo: «Yo no voy a dejar de pasar por donde está el pueblo porque desde anoche esperan por nosotros. Entramos a La Habana en los tanques y sobre los jeep».
 
 Seguimos por la carretera, pasamos por la Virgen del Camino, la Avenida del Puerto, y hubo que entrar al Palacio Presidencial donde se había concentrado una gran multitud. Allí Fidel le habló al pueblo. Eran tantas las personas que al finalizar alguien cercano le dijo: «Comandante, para que usted salga de aquí hacen falta mil soldados que lo protejan».  
 
Entonces les habló a todos: «Yo les pido que abran una brecha, que voy a pasar por ahí, entre ustedes, por donde está el pueblo». Se hicieron varias brechas, y él se fue por la de la izquierda. Avanzó sin escolta, acompañado solo por Manuel Urrutia, presidente de aquel gobierno recién constituido. Detrás de él, distantes, íbamos nosotros.  
 
El fin era seguir rumbo a Columbia, pero donde habíamos dejado el jeep estaban los autos presidenciales de Batista, tres Cadillac negros. En el primero montó Urrutia con un grupo de politiqueros del gobierno provisional, en el segundo Fidel con Celia, Almeida y Calixto, y en el tercero los pocos miembros de la escolta. Avanzamos unos metros y, al llegar a Prado y Malecón, vi que el carro de Fidel se detuvo mientras que el de Urrutia siguió.
 
Nos bajamos y Fidel planteó: «Yo no voy a seguir en un carro cerrado, con cristales calobares y aire acondicionado. Hay que buscar otro». Entonces cogimos un jeep, que lo iba manejando un guardia del ejército derrotado. Nos montamos todos y así pasamos por la avenida Malecón, la calle 23 primero, y por 41 después, hasta llegar al cuchillo que hay en la intersección de 41 y 31, en Marianao, donde había una multitud. Nos detuvimos, alguien le gritó: «Fidel, mire el busto que le hicieron». Observó hacia abajo, lo vio y molesto ordenó: «Quiten eso de ahí inmediatamente». Con la misma se viró y le dijo a un compañero: «Ese ni se parece a mí».  
 
De ahí en lo adelante estuve cuidando a Fidel durante dos años. Era escolta y chofer. Estaba convencido de que, si le hacían un atentado, al primero que mataban era a mí, pues estaba las 24 horas con él, era el único que podía llevar la cantina con su comida, al igual que la mochila que le preparaba Celia. Hasta las llaves de las casas de seguridad clandestinas siempre iban conmigo.
 
 Recuerdo que él dormía poco. A veces estaba muy cansado y se quedaba dormido en el carro, entonces yo iba despacio, no cogía un bache, no daba un frenazo, ni un corte, para no despertarlo. Pero yo descansaba menos que él, porque hasta que no se acostara no me iba. Y después tenía que cambiar el carro, echarle combustible, dejarlo listo para el otro día. Todo era por su seguridad. Mi preocupación siempre fue la vida del Comandante. Lo mío era cuidarlo. 1
 
1- Fragmento de entrevista concedida a la periodista Yunet López Ricardo, publicada en el espacio Historias no contadas de la Televisión Cubana. La Habana, 2019.

Tomado de: 

"Yo conocí a Fidel"

Fecha: 

2019